Reflexión del Domingo XVIII del Tiempo Ordinario
La lectura del profeta Isaías que se nos presenta en este domingo, nos permite acercarnos a la realidad de un pueblo que está pasando por un momento crucial y de desolación, pues al encontrarse lejos de su tierra y de su templo, Dios sale a su encuentro por medio de las palabras del profeta para anunciar esperanza.
En medio del desierto de la vida, Dios sale a ofrecer lo que es fundamental para poder subsistir (agua y trigo), todo de manera gratuita, como si Dios fuese un vendedor ambulante que sale a las calles a ofrecer gratis y en abundancia, pero hay que prestar atención a la pregunta que plantea el texto: ¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura? En el fondo hay un buen cuestionamiento frente a nuestra sociedad de consumo, donde no hay discernimiento y se pretende tenerlo todo, consumirlo todo, pero sin encontrar lo que es prioritario o fundamental para la vida. Donde el afán de consumir nos ha robado el espacio para la atención y la contemplación de lo verdaderamente necesario incluso dentro de la vida espiritual como es la Palabra. Por ello la escucha atenta de la Palabra se vuelve un núcleo especial en esta lectura cuando el profeta dice: Escúchenme atentos y comerán bien, sin dinero y de balde, vino y leche. (…) Inclinen su oído, vengan a mí: escúchenme y vivirán. Aprender a escuchar de verdad, prestar atención, contemplar, discernir, necesita de vaciamiento, de una desintoxicación interior de tantas cosas que consumimos y de tantas palabras que le han robado espacio a la Palabra y que nos alejan del banquete del Reino prometido, del vino y leche de una tierra prometida.
Esta experiencia de Dios que sale a ofrecer gratuitamente lo fundamental se contrapone a las búsquedas afanosas a las que pueden llevar ciertas crisis no acompañadas o escuchadas, terminando así en manos de los baales, dioses paganos, que solo ofrecían cosas accesorias para la vida, cosas momentáneas de placeres pasajeros, pero nunca algo que llenara la vida o le diera un propósito en sí, lejos de un propósito de amor que enlazara las dificultades con la esperanza para caminar no en el vacío sino en la convicción del caminar peregrino al lado del amor de Dios.
Por otro lado, la lectura de san Pablo a los Romanos nos canta un himno con el que se pretende crear esperanza ante las situaciones adversas que siempre acontecen en la historia humana, todo el himno gira entorno al AMOR de Dios manifestado en Cristo Jesús. Se trata de una decisión irrenunciable del amor de Dios que, aunque tenga tensión de futuro ya es una realidad demostrada en la persona de Cristo. Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo, pero sí debemos cuestionar nuestro convencimiento, es la tensión entre el peso de la realidad y sus problemas frente a la fe que se profesa y que se vive de verdad.
El relato de la primera multiplicación de los panes que se nos ofrece hoy en Mateo, enmarca palabras eucarísticas: alzar la mira al cielo, bendecir, partir el pan y darlo…, donde Jesús revela al Dios que ve, se conmueve y reacciona alimentando a su pueblo con algo fundamental: la vida. Jesús a pesar que está pasando por un momento de duelo por la muerte de Juan el Bautista, luego de tomarse un tiempo para sí mismo, toma una barca y al desembarcar vio a las gentes necesitadas y así nos deja ver a nosotros lo extraordinario del compartir los dones que poseen. Jesús siente compasión, sus entrañas se mueven, al tener la capacidad de ver más allá, pues es necesario mirar con otros ojos, con los ojos humanizantes de Dios, una mirada que está cargada de amor profundo, una mirada que ve con el corazón y deja de lado sus propios intereses y sale del individualismo o de la comodidad de dejar que otros resuelvan el problema y enseguida actúa, se involucra buscando soluciones.
La compasión lleva a Jesús a tomar la decisión de que lo aparentemente “poco” que traen él y sus discípulos debe ser entregado a la gente. Se pueden presentar muchas excusas, como sucede con los discípulos, minimizando o maximizando las cosas como si Dios fuera tacaño o miserable como muchas veces lo somos nosotros negando la abundancia y generosidad con la que Dios nos bendice cada día. El milagro se hace posible entonces cuando se entiende que nuestro Dios, es un Dios de manos abiertas, no de manos empuñadas y mezquinas, se hace posible el milagro cuando se entiende que todo don es gracia, es gratuito porque viene de la benevolencia de Dios, y no por mérito. Por eso, cuando se es generoso en el dar todo es abundante, nunca falta, todo alcanza y hasta sobra, nadie se queda sin comer. Estos milagros deberían enseñarnos que también hoy esto es posible cuando vemos con otros ojos (conversión de la mirada), cuando atendemos con el corazón (conversión del corazón), cuando somos capaces de sentir compasión (conversión de nuestras relaciones), y cuando somos capaces de actuar (conversión de nuestros actos) si realmente existe un convencimiento de fe de que estamos llamados a configurarnos con los mismos sentimientos y actitudes de Cristo llenándonos de su amor.
P. Erwin Geovanny Rodríguez Cabuya, CM.
Congregación de la Misión – Provincia de Colombia
