Reflexión III Domingo de Pascua
Evangelio según san Lucas 24, 13-35
La sorpresa de los discípulos de Emaús al descubrir a Jesús en medio de ellos.
Hermanos nos encontramos en el tercer domingo de pascua, que, como Iglesia, al igual que las primeras comunidades de fe celebramos hoy también con alegría y esperanza las experiencias del Señor resucitado. Presencia liberadora que aviva el camino de la fe del discípulo que va descubriendo en sus búsquedas tanto espiritual y material su llamado a lo transcendental del Dios vivo y presente, a veces accidentada, efímera y ausente según su postura.
El camino de Emaús identifica la presencia liberadora de Dios que disipa las tinieblas de la incertidumbre frente a su opción radical por el Reino de Dios y su justicia. Miedos, dudas que enfrenta el cristiano de hoy que en su naturaleza quiere levantar su mirada al Hombre del madero y testimoniar que yo puedo y lo puedo en Cristo que me fortalece.
Un Dios que salva caminando con la libertad de aquel que ama y se entrega desde el corazón, un discípulo capaz de optar y acoger los pasos y huellas del Maestro Ungido, que sin echar para atrás, ni condiciones se entregó por nosotros. Detengámonos y meditemos desde el corazón del texto para hoy:
“Y entonces se les abrieron los ojos…”
Hay una experiencia que todos hemos vivido alguna vez: caminar sin darnos cuenta de lo que realmente está pasando. Así iban los discípulos de Emaús… caminando, hablando, recordando, pero con el corazón cargado de tristeza y los ojos incapaces de reconocer la presencia de Dios que no amenaza sino que ilumina y sorprende.
Ellos, como nosotros, pensaban que todo había terminado y de la incertidumbre de retornar al pasado de su pecado. La cruz ya no era un signo de victoria, había apagado su esperanza. Y lo más sorprendente que mientras caminaban, Jesús ya iba con ellos… pero no lo sabían.
Qué misterio tan profundo, Jesús está presente pero no siempre es reconocido y adorado. La gran sorpresa: Dios camina con nosotros sin que lo notemos. La sorpresa de los discípulos no fue solo ver a Jesús resucitado. La verdadera sorpresa fue descubrir que nunca habían estado solos.
Jesús ya iba a su lado: cuando estaban confundidos, cuando hablaban con tristeza, cuando dudaban, cuando pensaban que todo había fracasado. Y esto también nos pasa hoy. Cuántas veces decimos: “Señor, ¿dónde estás?… Y Él responde en silencio: “Voy caminando contigo…” hay junto con tu rutina, afanes y desiertos. Jesús se acerca al ritmo de nuestra vida cotidiana.
Hermanos el Evangelio dice que Jesús se puso a caminar con ellos. No los apresuró, no los juzgó, no los interrumpió. Simplemente se acercó y caminó a su ritmo, que si verdaderamente lo descubrimos sin tocar y llamarle a la puerta tendremos la seguridad de que la fe tiene plenitud y que el amor vive en nosotros y que de verdad nos sentimos perdonados y perdonamos al hermano sin reservas ni condiciones sino con todo el corazón y toda el alma.
Así es Jesús se acerca a nuestras dudas sin condenarnos escucha nuestras heridas sin cansarse entra en nuestras conversaciones cotidianas. Dios no irrumpe con violencia, Dios se hace compañero de camino. Y más en el momento decisivo: reconocerlo en lo sencillo en lo humilde de nuestra fragilidad humana dividida. Los discípulos lo reconocen en un gesto muy sencillo: al partir el pan. No fue en un milagro espectacular. No fue en un signo extraordinario. Fue en lo cotidiano, en lo íntimo, en la mesa compartida. Ahí se les abrieron los ojos. Y entonces comprendieron todo: ¡Era Él! ¡Siempre fue Él!
Nuestra sorpresa de hoy puede estar sucediendo este preciso momento., en esta Eucaristía: Jesús camina con nosotros en la Palabra. Jesús nos explica la vida desde Dios. Jesús parte el pan para nosotros Y tal vez hoy, como los discípulos, podamos decir: ahora entiendo, no estaba solo Él iba conmigo todo este tiempo. Para llevar al corazón quizá la mayor tristeza del ser humano no es el sufrimiento, sino pensar que Dios no está y ese es el desafío que le pedimos al Espíritu Santo que nos ayude a discernir en nosotros su camino nuestro camino, su verdad que nos confronta, su vida que la nuestra la podemos donar. Y la mayor alegría no es que todo se resuelva, sino descubrir que Jesús siempre estuvo ahí.
Preguntémonos: ¿En qué momentos de mi vida he caminado triste sin darme cuenta de que Jesús estaba conmigo? ¿Reconozco a Jesús en lo sencillo de: la lectura orante de su Palabra, en la Eucaristía presencia viva, en las personas, mi familia, ¿mi trabajo? ¿Estoy dispuesto a dejar que Él camine a mi ritmo y transforme mi tristeza en esperanza y todo en todo? Los discípulos pasaron de la tristeza a la alegría, del desánimo a la misión. Y todo comenzó con una sorpresa: Jesús iba en medio de ellos y no lo sabían. Que hoy también a nosotros se nos abran los ojos para no abandonar lo profesado. Que descubramos su presencia especialmente en la celebración de los sacramentos. Y que, como ellos, salgamos a anunciar: ¡El Señor ha resucitado y camina con nosotros!
P. Edwin Yunda Cabanzo, CM
