Reflexión Domingo XII° del Tiempo Ordinario

XII Domingo del Tiempo Ordinario

En octubre de 1978, san Juan Pablo II pronunció unas palabras que marcaron profundamente la vida de la Iglesia y del mundo: «¡No tengan miedo! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a Cristo!». Este mensaje resonó en el corazón de millones de creyentes y se convirtió en una invitación permanente a confiar plenamente en Dios. Aunque han pasado muchos años, estas palabras siguen teniendo una gran actualidad, pues continúan animando a los fieles a superar sus temores y a vivir con esperanza.

En este domingo, la Palabra de Dios nos recuerda que la historia sigue su curso y que cada generación debe afrontar nuevos desafíos y miedos. Así lo experimentó el profeta Jeremías en la primera lectura. Perseguido, rechazado y agobiado por las dificultades, llegó incluso a sentirse desesperado. Sin embargo, no se dejó vencer por el miedo, porque encontró en el Señor su fortaleza y su refugio. Su confianza en Dios le permitió continuar fielmente la misión que había recibido.

Por su parte, san Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que el pecado y la muerte entraron en el mundo por la desobediencia del primer hombre. Sin embargo, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Jesucristo ha vencido el poder del mal y nos ofrece el don de la salvación. Gracias a su amor y misericordia, podemos caminar con esperanza y superar todo aquello que nos paraliza y nos aleja de Dios.

El Evangelio nos presenta una de las exhortaciones más repetidas por Jesús: «No tengan miedo». Estas palabras fueron dirigidas a los discípulos y siguen siendo dirigidas a nosotros hoy. En la vida cristiana y en la tarea evangelizadora no podemos dejarnos dominar por el temor. El Señor nos anima a anunciar el Reino con valentía, sin permitir que las dificultades o las críticas apaguen nuestro testimonio.

Es verdad que el miedo forma parte de la condición humana. Todos experimentamos incertidumbres, preocupaciones y momentos de fragilidad. Sin embargo, Jesús nos invita a mirar más allá de nuestras limitaciones y a confiar plenamente en la providencia del Padre. El verdadero tesoro no es aquello que pasa o se deteriora, sino la vida que Dios ha puesto en nosotros. El alma, fortalecida por la gracia divina, nos impulsa a permanecer cerca del Señor, a no rendirnos ante las crisis y a seguir adelante con la certeza de que Él nunca nos abandona.

Nuestro mundo necesita vencer muchos miedos: el miedo al futuro, a la soledad, a la violencia, a la enfermedad y a la incertidumbre. El camino de la fe nos asegura que Cristo camina a nuestro lado y sostiene nuestros pasos. No tener miedo no significa ignorar las dificultades, sino confiar en que el Padre cuida amorosamente de sus hijos. Él conoce nuestras necesidades, acompaña nuestras luchas y fortalece nuestras debilidades.

Por eso, en medio de un mundo frecuentemente desconcertado y desanimado, elevemos nuestra oración a Dios para que continúe manifestándose como el Padre bueno que protege, guía y sostiene a sus hijos. Así podremos cumplir con fidelidad la misión que hemos recibido y convertirnos en auténticos testigos de su amor, de su misericordia y de la esperanza que nunca defrauda.

Que el Señor nos conceda la gracia de vivir sin miedo, confiando siempre en su presencia y en su amor providente. Amén.

P. Pepe Adolfo Sánchez Rincón, CM.

Párroco Saliente de San Vicente de Paúl.

Cali- Valle.