Reflexión del Domingo XX del Tiempo Ordinario

En el evangelio de este domingo vemos cómo Jesús se “retira” a una región muy diversa de la que ha sido su campo de acción, se dirige hacia la región de Tiro y Sidón, antiguas ciudades fenicias situadas en la costa mediterránea del actual Líbano. Sin embargo, este “retiro” no impide que Jesús tenga un encuentro significativo como los que paulatinamente se nos han ido presentando en las páginas del evangelio. Hoy se encuentra con una mujer “cananea”, región que tradicionalmente ha sido presentada en la Escritura como una región hostil al pueblo de Israel, es una nación enemiga motivo que hace el encuentro profundamente significativo. Esta mujer se dirige a Jesús gritando y utilizando la particular expresión “hijo de David”, que es el título cristológico con el que Mateo inicia su Evangelio (1,1); es el apelativo que le dan las multitudes, es como le llaman los ciegos y se utiliza siempre en relación con milagros o exorcismos.  De este modo, la mujer cananea se configura como la única persona no judía en el evangelio de Mateo que utiliza este título para referirse a Jesús. Por su parte, Jesús queda impresionado y convencido por la fe de la mujer, a pesar de las objeciones que este le presenta. Estas objeciones no tienen como objetivo, necesariamente, “poner a prueba” a la cananea: Jesús, “enviado” (15,24) a las ovejas perdidas de Israel, más bien está impartiendo una enseñanza a sus discípulos, con la que les dice que no tiene intención de dedicarse a los gentiles, sin embargo, la verdadera enseñanza de Jesús radicará en su respuesta a la fe de la mujer “pagana” al escucharla y acceder a su petición al cumplir el milagro que esta le estaba pidiendo.

De este modo se cumple en Jesús lo anunciado por el profeta Isaias en las primeras palabras del texto que la liturgia nos presenta para este día “en cuanto a los extranjeros adheridos a Yahvé para su ministerio, para amar el nombre de Yahvé, y para ser sus siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarlo y a los que se mantienen firmes en mi alianza,yo los traeré a mi monte santo y los alegraré en mi Casa de oración (Is 56,6) y se muestra que lo verdaderamente importan es la voluntad y  designio salvífico del Señor, recordándonos que los “dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rm 11,29).

Así pues, en Jesús, las rupturas nacionales, ideológicas, religiosas, políticas o partidistas son superadas mostrando que la oferta de la salvación es para todos y que en Dios no hay divisiones, no hay partidos, no existen los enemigos, no existen los extranjeros. En Cristo todos estamos llamados a entrar en la comunión de los hijos de Dios, en Jesús se rompen las barreras y se pasa de la exclusión a la inclusión y de la división a la unidad.

P. Cristian Cataño, CM