Reflexión III Domingo de Cuaresma
Domingo 08 de Marzo de 2026
Hay encuentros que cambian la geografía de la vida. No porque el paisaje se mueva, sino porque nosotros dejamos de mirarlo desde la misma orilla.
La samaritana llegó al pozo de Jacob a la hora en que nadie llega. Mediodía. Sol de fuego. Ella sabía que a esa hora el pozo estaría vacío, y eso era lo que buscaba: no el agua, sino la soledad. La gente de su pueblo la conocía. Cinco maridos, dicen los textos. El que ahora tiene, ni siquiera es suyo. Bastaba para que la miraran de cierta manera, para que sus pasos por el pueblo fueran un mapa de esquinas evitadas.
Pero ese día había alguien sentado en el brocal. Un judío. Un hombre. Dos razones suficientes para dar media vuelta. Sin embargo, algo la detuvo. Quizás fue que él le habló primero. Quizás fue que le pidió, no que le exigió. Quizás fue la manera extraña en que la miró: sin la cómoda indiferencia de quien juzga desde lejos, sin la curiosidad malsana de quien quiere saber para chismear. Una mirada que parecía decir: te veo, y no me asustas.
«Dame de beber», le dijo. Y con esas tres palabras, el mundo de ella comenzó a resquebrajarse.
Nosotros, los vicentinos, llevamos siglos aprendiendo de este encuentro. San Vicente no se las sabía todas en teología, -aunque era bachiller en Teología- pero sabía mirar. Sabía sentarse donde otros pasaban de largo. En los campos de Gannes, donde los campesinos morían de abandono. En las parroquias de París, donde los pobres no tenían quién los enterrara. En los hospitales, en las galeras, en los callejones donde el olor era insoportable. Él se sentaba ahí. Y pedía. No limosna: pedía permitirse entrar, pedía ser recibido, pedía dar de beber a quien tenía sed de dignidad.
Esa es la sed que Dios tiene. No la sed de que le rezemos bien, -por supuesto que hay que orar bien-, ni de que le construyamos templos imponentes. La sed de que le dejemos entrar en lo avergonzado de nuestra historia. La sed de que le pidamos, a Él, lo que solo Él puede dar: el agua que no se agota, la mirada que no condena, la palabra que nombra sin destruir.
La samaritana aprendió algo ese día que nosotros seguimos aprendiendo cada mañana. Que no hay que llegar limpio al encuentro con Dios. Que no hay que tener las respuestas listas, ni la vida absolutamente ordenada, ni el corazón ya curado. Ella llegó con su cántaro vacío, con su vergüenza a cuestas, con su vida hecha pedazos. Y eso fue suficiente. Más que suficiente: fue el comienzo.
Jesús no le pidió explicaciones. No le exigió arrepentimiento previo. Le pidió agua. Le concedió el don de ser útil, de dar algo, de ser ella quien saciara la sed de otro. Y en ese gesto, ella comenzó a ser otra.
Esto es lo que hacemos, hermanos. No solo los vicentinos consagrados, sino todos los que de alguna manera hemos tocado este carisma. Vamos donde la gente tiene vergüenza de estar. No para señalar, no para arreglar. Para pedir. Para dejarnos tocar por la vida de quien parece no tener nada. Para descubrir, siempre de nuevo, que la fuente no la traemos nosotros: está ahí, brotando, esperando que alguien se siente a beber.
En Colombia, esta palabra resuena de manera particular. Nuestro país sabe de sed. Sed de justicia en regiones donde la violencia ha secado la esperanza. Sed de verdad en medio de tanta información que no ilumina. Sed de encuentro en una sociedad que cada vez sabe más conectar pantallas y menos mirar a los ojos. Sed de paz, de la paz que no es solo ausencia de disparos, sino presencia de dignidad.
Y nosotros, ¿dónde estamos sentados? ¿En el pozo, a la hora incómoda, con los que no quieren ser vistos? ¿O en el pueblo, comprando lo necesario, hablando con los de siempre, pasando de largo?
La samaritana nos enseña que la misión no empieza cuando ya estamos formados, cuando ya sabemos, cuando ya tenemos recursos. Empieza cuando dejamos el cántaro. Cuando lo que llevamos, lo dejamos atrás, porque hemos encontrado algo que no cabe en él. Cuando corremos, sin saber bien qué decir, a contar a los otros: vengan a ver. No vengan a oír una doctrina. No vengan a conocer a un santo. Vengan a ver a un hombre que me dijo todo lo que hice.
Esto es lo que podemos ofrecer desde la Provincia Vicentina de Colombia. No grandes teorías. No soluciones mágicas. Solo el testimonio de los que hemos sido encontrados en nuestro pozo, en nuestra hora de vergüenza, y hemos descubierto que la sed de Dios es más grande que nuestra sed, y que su agua transforma hasta lo que parecía irrecuperable.
Que este tercer domingo de Cuaresma nos encuentre, a todos, un poco más cerca del brocal. Un poco más dispuestos a pedir. Un poco más libres para dejar lo que pesa. Un poco más locos de alegría, como la samaritana, corriendo a decir sin saber bien cómo: lo encontré. Me vio. Me habló. Y ya no tengo sed de esconderme.
Bendición y paz a todos los que caminan esta Cuaresma. Especialmente a los cohermanos misioneros, dispersos en tantos rincones de este país herido y hermoso, llevando el agua que no es suya, pero que nunca se les acaba mientras la compartan.
P. Luis Hernando Álvarez Aguilar, C.M.
