Reflexión Dominical Solemnidad de la Santísima Trinidad
En este domingo celebraremos como Iglesia la solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio central de la fe cristiana y en el cual nuestro fundador San Vicente de Paúl encontró el fundamento de la vivencia comunitaria para la Congregación de la Misión a ejemplo del amor ad intra de la Trinidad: amor de unidad, amor de respeto, amor compasivo y misericordioso, amor incluyente pero a la vez exclusivo, que no se quedó en la comunión de vida y amor entre las tres divinas personas sino que se reveló al mundo no solo por la creación maravillosa, sino y sobre todo por la encarnación del Verbo y su obra de redención como lo expresa bellamente el Evangelio de San Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16).
Con esta solemnidad, el Padre nos invita a creer en su Hijo como su enviado en quien nos promete la vida eterna, la vida plena, la vida de la gracia y el don de su Espíritu Santo, pues Jesucristo es el Hijo amado en quien el Padre encuentra sus complacencias, como lo expresó bellamente el Padre en el bautismo de Jesús en el Jordán y en el episodio de la Transfiguración.
Y lo mejor de todo esto es que “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Por lo cual, brota para el corazón del creyente una gozosa esperanza; la de la salvación realizada por Cristo mediante su pasión dolorosa, su muerte en la cruz, su resurrección gloriosa y su ascensión a los cielos, así como el envío del Espíritu Santo, lo que nos lleva a exclamar como el salmista: ¡A ti gloria y alabanza por los siglos!
Alabanza que procede de la misma Trinidad cuando nos inhabita, cuando hace su morada en lo íntimo de nuestras almas, porque es Dios en nosotros deificándonos, cristificándonos, salvándonos, humanizándonos a imagen de su Hijo.
Alabanza que le tributa toda la creación y con mayor razón le debe rendir el hombre por haber sido creado a imagen y semejanza suya y por ser el único ser en la naturaleza que es capaz de Dios; es decir, el ser humano posee una condición innata, natural y espiritual para entrar en íntima comunión con su Creador.
En este evangelio de San Juan para esta solemnidad de la Santísima Trinidad, aparecen dos verbos bien explicitados: amar y creer. El primero, referido a Dios en su esencia e identidad cuando el mismo apóstol lo expresa en su primera carta “Dios es amor” (1 Jn 4, 18), que lo llevó a la donación y entrega de su Hijo Único., pues el amor de Dios es incondicional, sin límites, sacrificial, lo penetra todo, lo invade todo. El amor es la verdadera razón del Padre para enviar a su Hijo a salvar a la humanidad.
El segundo, creer; referido al actuar del hombre en respuesta al amor de Dios revelado en su Unigénito: “para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
Como Iglesia, somos iluminados por el Espíritu Santo para creer en Jesús como enviado del Padre y así experimentar en nuestras vidas el amor misericordioso de la Trinidad en su triple expresión: amor a Dios, amor a mí mismo, amor a los hermanos y así formar parte de la única familia de Dios por el Bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Como Comunidad estamos llamados a tener una profunda experiencia de comunión y respeto fraterno a ejemplo de la Trinidad, creyendo en Dios, pero creyendo también en nosotros, en nuestros hermanos y en la posibilidad de conversión de quien abre su corazón a la acción del Espíritu.
Somos invitados a creer en las potencialidades y posibilidades que el buen Dios ha colocado en nuestros corazones y en el de los compañeros de camino, vocación y servicio, porque el Espíritu sopla donde quiere y cuando quiere.
Sin embargo, no basta solo con creer, es necesario amar, amar a ejemplo de Dios: amor de donación, de entrega, de exclusividad. La augusta Trinidad nos invita a vivir de, en y por el amor, no dejemos pasar esta única oportunidad.
Que la Virgen de la Medalla Milagrosa nos ayude con su intercesión para crecer en la fe y en el amor como Congregación y como Iglesia.
P. Jesús Antonio Galvis CM
