Reflexión del Domingo de Pentecostés

Evangelio según San Juan 20, 19-23

En este primer día de la semana, las lecturas compartidas en la asamblea eucarística nos llevan a fijar nuestra mirada en el Espíritu Santo, aquel que sigue actuando en medio del ruido cotidiano, de las preocupaciones, del sinsabor de la vida y del cansancio de la semana. Muchas veces estas realidades nos sitúan en una encrucijada que nos aísla y nos encierra en el temor al fracaso y la desesperanza, cerrándonos a escuchar a Dios y haciendo prevalecer nuestros propios criterios.

Esa misma realidad la vivieron los discípulos, que por temor se encerraron, no por egoísmo, sino por un instinto de supervivencia. Y cuando ya creían que todo se había acabado, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “Paz a ustedes”. “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo […]”. Luego sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo”.

Este suceso marca una nueva creación: el nacimiento de la Iglesia, cimentada en el Paráclito, es decir, en el amor que brota del Padre y del Hijo; un amor que viene a saciarnos, a permanecer con nosotros y a impulsarnos a salir de nuestra zona de confort para llamar a Dios: Padre.

Y esta acción del Espíritu recorre toda la liturgia de hoy: en la primera lectura contemplamos cómo el Espíritu desciende sobre los apóstoles y rompe las barreras del miedo y de las lenguas; el salmo nos recuerda que, cuando el Señor envía su Espíritu, renueva la faz de la tierra; y san Pablo, en la segunda lectura, nos enseña que, aunque somos muchos y distintos, es el mismo Espíritu quien nos une en un solo cuerpo.

El Espíritu Santo es el amor en persona. Es el abrazo, el beso, el lazo eterno de unión entre el Padre y el Hijo. Dios no es un ser solitario; es familia, es comunidad de amor. Y ese amor nos capacita para responder con generosidad a la invitación de ser santos, a imagen de Él, sin perder nuestra libertad. Dios nos quiere dispuestos a transformar el entorno a través del amor y a ser constructores de puentes en un mundo dolorosamente polarizado.

Lo vemos en la política, en las noticias y, lamentablemente, también en las redes sociales, donde muchas veces “cancelamos” al que piensa diferente. Si el Espíritu es el lazo de unión, su presencia se hace visible cada vez que escuchamos en lugar de gritar, cuando perdonamos un agravio en nuestra familia o tendemos la mano a quien nos ha ofendido. Así permitimos que el Espíritu del Padre y del Hijo actúe también a través de nuestras obras.

Él es el soplo de Dios que en el Génesis dio vida al barro, y es el mismo que hoy sostiene nuestra existencia en medio de una profunda fatiga espiritual. Vivimos en una sociedad rodeada de tantos avances tecnológicos, pero que muchas veces se siente vacía por dentro: la rutina que anestesia, el estrés laboral y la ansiedad por el futuro nos roban la paz. Y es ahí donde necesitamos la acción del Paráclito, el Dador de Vida.

Ser cristiano no se reduce a cumplir normas; es dejar que el Espíritu sople sobre nuestras zonas secas y nos devuelva la alegría de vivir. Él fortalece nuestra fe, aclara nuestras dudas y nos hace más sensibles al encuentro con el otro, que siempre nos conduce a una comunión más plena con Dios.

El Espíritu de Dios sigue hablando hoy a través de los profetas de nuestro tiempo: el médico o la enfermera que atienden con paciencia infinita al enfermo; los padres de familia que se sacrifican trabajando honradamente para dar un futuro a sus hijos en tiempos económicos difíciles; el joven que decide dejar el egoísmo de lado para servir, limpiar su entorno o ayudar a los marginados.

Hoy, al acercarnos a la Liturgia Eucarística, pidámosle al Señor que este domingo no sea un domingo más. Que, cuando nos pongamos en pie para profesar nuestra fe, sintamos el fuego de ese Espíritu que quiere renovar nuestra Iglesia y nuestro mundo. Que el Espíritu renueve también nuestra vida y nos transforme desde dentro.

P. César Augusto Sánchez Vinasco, CM