4 de octubre de 2026 · Tiempo ordinario · Ciclo A
La viña es un don: dar frutos sin apropiarse de Dios
Lecturas: Isaías 5,1-7 · Salmo 79 (80) · Filipenses 4,6-9 · Mateo 21,33-43
1. Contexto bíblico: el amor que espera justicia
Isaías canta primero el cuidado del propietario por su viña. La prepara, la protege y espera su fruto. El contraste entre esa solicitud y el resultado convierte el canto en una interpelación profética. Lo que Dios esperaba no era únicamente una observancia exterior: era justicia. La imagen de la viña une la alianza con la vida social; no permite separar la relación con Dios del modo en que se trata al prójimo. Una sociedad que conserva sus ritos, pero normaliza el atropello, contradice el cuidado que ha recibido.
Mateo retoma esa imagen en el contexto de la confrontación de Jesús en Jerusalén. La atención se desplaza hacia los arrendatarios y su negativa a entregar los frutos. Los servidores enviados son maltratados y el hijo es asesinado. La historia lleva al extremo la pretensión de quedarse con lo que fue confiado. El pecado aparece como apropiación: transformar una responsabilidad recibida en un dominio absoluto y eliminar toda voz que recuerde que debemos responder por ella.
2. Estructura literaria: del don a la usurpación, del rechazo a la esperanza
El relato comienza enumerando los cuidados del dueño, pasa por la repetición de los envíos y culmina en la llegada del hijo. La reiteración muestra tanto la resistencia de los trabajadores como la persistencia del propietario. Después, la pregunta de Jesús hace que los oyentes pronuncien un juicio sobre la conducta narrada. La cita de la piedra rechazada abre una perspectiva que el crimen no podía producir por sí mismo: Dios puede hacer fundamento de aquello que el poder quiso desechar.
La muerte del hijo permite reconocer el horizonte de la pasión de Jesús. Sin embargo, no estamos ante una explicación que convierta a Dios en causante de la violencia. El asesinato revela el mal de quienes quieren apropiarse de la viña; la acción salvadora de Dios no legitima ese mal, sino que lo vence. La resurrección no confirma el criterio de los vencedores: revela que la vida entregada por amor tiene una fecundidad que su rechazo no logra cancelar.
3. Enseñanza teológica: la Iglesia es administradora, no propietaria
El Reino no es posesión de una élite, un cargo o una institución. Es iniciativa de Dios y exige frutos. La pertenencia eclesial no puede convertirse en una garantía que dispense de escuchar el Evangelio. Quien recibe autoridad recibe una responsabilidad de servicio. Esta perspectiva cuestiona el clericalismo y cualquier forma de liderazgo que utilice a las personas para asegurar su propio prestigio. La viña no nos pertenece; los pobres tampoco son objetos de nuestras obras. Son personas con dignidad, palabra y capacidad de participar.
La advertencia sobre los frutos debe dirigirse también a la comunidad cristiana que lee el relato. Sería una traición utilizarlo para proclamar el rechazo de todo el pueblo judío. La declaración conciliar Nostra aetate, n. 4, rechaza esa interpretación y el antisemitismo. El texto confronta la infidelidad y la apropiación, no autoriza una condena étnica. Una lectura cristiana responsable se deja juzgar por la Palabra antes de convertirla en acusación contra otros.
4. Filipenses: una interioridad que no evade la responsabilidad
Pablo invita a presentar las necesidades a Dios con oración y gratitud. No promete que desaparecerán automáticamente todos los problemas. La paz divina custodia el corazón en medio de una existencia que sigue necesitando discernimiento. La oración no es una anestesia para dejar de sentir el dolor del mundo: es una relación que nos libra de afrontar ese dolor como si estuviéramos abandonados. La gratitud recuerda el don y nos devuelve una libertad que la ansiedad puede estrechar.
El pasaje concluye invitando a pensar y practicar lo verdadero, justo y digno. No basta cultivar pensamientos agradables. La paz y la justicia pertenecen a una misma vida cristiana. Si nuestra oración nos hace incapaces de reconocer el abuso, necesitamos examinarla. Si nuestra actividad por la justicia nos vuelve incapaces de escuchar y agradecer, también necesitamos conversión. La fecundidad del Evangelio integra contemplación y acción: recibe de Dios lo que luego ofrece en el cuidado de la viña.
5. Una lectura vicentina: los frutos tienen nombres y rostros
En una obra vicentina, el fruto no se mide únicamente por la cantidad de actividades o por el tamaño de los edificios. Se reconoce también en la dignidad restaurada, la escucha ofrecida, la formación que abre oportunidades y la capacidad de proteger a los vulnerables. Los recursos y las instituciones son necesarios, pero están al servicio de las personas. Cuando la conservación de una estructura importa más que la vida de quienes debería servir, el don empieza a convertirse en posesión.
La piedra rechazada invita a mirar a quienes nuestras estadísticas no suelen considerar. Una persona descartada puede enseñarnos una verdad que una organización exitosa no está escuchando. La misión exige rendición de cuentas, administración transparente y disposición a corregir. No porque desconfiemos del carisma, sino porque lo amamos lo suficiente para impedir que sea utilizado como excusa. Dar frutos es entregar a Dios una vida que hace lugar a sus hijos.
Para la oración y el discernimiento
¿Qué responsabilidad recibida estoy tratando como propiedad personal? ¿Qué voces rechazo porque cuestionan mi comodidad? ¿Qué fruto concreto de justicia y cuidado necesita hoy nuestra viña?
Señor Jesús, piedra viva y fundamento de nuestra esperanza, líbranos de apropiarnos de tu obra. Une nuestra oración con la justicia y enséñanos a reconocer en los descartados a quienes tú nos confías. Amén.
Referencias para profundizar
Concilio Vaticano II, Nostra aetate, n. 4
Imagen destacada: ilustración artística generada con inteligencia artificial para acompañar la reflexión; no es una fotografía histórica.

