Reflexión del Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

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La Palabra de Dios de este domingo nos coloca ante una de las dimensiones más exigentes de la vida cristiana: hacernos responsables los unos de los otros. El Evangelio no presenta una comunidad de personas perfectas, sino una comunidad en la que existen errores, heridas, desacuerdos y pecados. Precisamente allí, en medio de esa fragilidad, Jesús enseña un camino para que el conflicto no termine destruyendo la fraternidad.

Este domingo 6 de septiembre de 2026 celebramos el XXIII Domingo del Tiempo Ordinario. La liturgia nos propone Ezequiel 33,7-9; Romanos 13,8-10 y el Evangelio de Mateo 18,15-20. 

La primera lectura utiliza una imagen muy significativa. Dios constituye al profeta Ezequiel como “centinela” de su pueblo. El centinela no observa desde lejos con indiferencia; permanece atento porque sabe que la vida de otros puede depender de su capacidad para advertir un peligro. Dios le hace comprender que no puede guardar silencio cuando su hermano camina hacia la destrucción. 

Esa responsabilidad atraviesa también el Evangelio. Jesús dice que cuando un hermano ha pecado, el primer paso no es comentarlo con los demás, exponerlo públicamente ni convertir su caída en tema de conversación. El primer movimiento del discípulo es acercarse a él personalmente. El objetivo queda expresado de manera extraordinaria: si te escucha, has ganado a tu hermano. 

Ahí está la clave para comprender todo el pasaje: Jesús no enseña un procedimiento para demostrar quién tiene razón; enseña un camino para recuperar al hermano.

Cuántas veces hacemos exactamente lo contrario. Cuando alguien nos decepciona, podemos sentir la tentación de contar inmediatamente lo sucedido, buscar aliados que confirmen nuestra versión, publicar indirectas, levantar muros o cancelar definitivamente a la persona. El Evangelio propone otra lógica. Antes de hablar de alguien, habla con él. Antes de condenarlo, intenta recuperarlo. Antes de hacer pública su fragilidad, protege su dignidad.

La corrección cristiana, por tanto, solamente puede nacer del amor. San Pablo lo resume en la segunda lectura diciendo que toda la ley encuentra su plenitud en el amor al prójimo. El amor verdadero no hace daño al otro. Esto significa también que amar no consiste simplemente en aprobarlo todo. Hay momentos en los que permanecer indiferentes frente al mal puede convertirse en otra forma de abandono.

Corregir fraternalmente no significa sentirse superior. El cristiano no se acerca al hermano desde un pedestal moral, sino desde la conciencia de que él también necesita continuamente misericordia. Solo quien sabe que puede equivocarse está preparado para señalar con humildad el error de otro.

Por eso Jesús propone un proceso paciente. Primero el encuentro personal; después, si es necesario, la mediación de otros; finalmente, la comunidad. Cada paso busca abrir una nueva posibilidad para la reconciliación. No existe prisa por expulsar; existe insistencia por recuperar.

Y hay otro detalle profundamente evangélico. Incluso cuando Jesús habla de tratar a alguien “como un pagano o un publicano”, no podemos olvidar cómo trató Él mismo a publicanos y pecadores: los buscó, se sentó a la mesa con ellos, los llamó nuevamente y nunca cerró definitivamente la puerta de la misericordia. La comunidad cristiana puede reconocer que existe una ruptura, pero jamás puede renunciar al deseo de que el hermano regrese.

Una comunidad donde Cristo está presente

El Evangelio termina con una de las promesas más consoladoras de Jesús: allí donde dos o tres se reúnen en su nombre, Él está en medio de ellos. 

Estas palabras suelen aplicarse a la oración comunitaria, y ciertamente tienen ese significado. Pero dentro del contexto de Mateo 18 adquieren todavía mayor profundidad. Jesús promete su presencia precisamente mientras la comunidad intenta reconciliarse, discernir, perdonar y reconstruir la fraternidad.

Cristo está en medio cuando dejamos de alimentar divisiones.

Cristo está en medio cuando alguien tiene la humildad de decir: “me equivoqué”.

Cristo está en medio cuando otro es capaz de responder: “te perdono”.

Cristo está en medio cuando una comunidad decide que ninguna herida tendrá la última palabra.

Ser Iglesia no significa simplemente encontrarnos en el mismo templo. Significa aprender a vivir como hermanos y hermanas incluso cuando aparecen diferencias y conflictos.

Una mirada vicentina: una caridad que también sabe decir la verdad

Para quienes vivimos la espiritualidad vicentina, este Evangelio tiene una resonancia especial. San Vicente de Paúl comprendió que la caridad cristiana no puede quedarse solamente en buenos sentimientos. Debe hacerse concreta, efectiva, capaz de entrar en la realidad del otro.

Eso incluye también acompañarnos en nuestros procesos de conversión.

No sería verdadera caridad contemplar tranquilamente cómo un hermano se destruye y pensar que su vida no nos corresponde. Pero tampoco sería caridad humillarlo, divulgar sus errores o utilizar la verdad como un arma.

La caridad vicentina nos invita a unir dos cosas que muchas veces separamos: verdad y ternura. Saber hablar cuando es necesario, pero hacerlo buscando siempre levantar al otro. Corregir sin destruir. Advertir sin humillar. Acompañar sin controlar.

También en nuestro servicio a los pobres necesitamos esta fraternidad. Una comunidad dividida difícilmente puede anunciar convincentemente el Evangelio. Antes de convertirnos en servidores debemos permitir que Cristo transforme nuestra manera de relacionarnos.

Quizá por eso la pregunta que nos deja este domingo no es solamente: ¿quién necesita corregirse?, sino una mucho más personal: ¿cómo estoy tratando las fragilidades de los demás?

Tal vez existe alguien con quien necesitamos hablar directamente en lugar de seguir hablando de él. Tal vez hay una reconciliación aplazada. Tal vez debemos pedir perdón. Tal vez hemos confundido sinceridad con dureza o prudencia con indiferencia.

El Señor nos recuerda hoy que somos responsables unos de otros.

Que nuestras comunidades cristianas puedan convertirse en lugares donde nadie tenga miedo de reconocer sus heridas, donde la corrección nazca del amor y donde siempre exista una nueva oportunidad para comenzar.

Porque cuando dos hermanos vuelven a encontrarse después de una herida, cuando el perdón vence al orgullo y cuando la caridad consigue reconstruir lo que parecía perdido, allí se hace verdadera una de las promesas más hermosas del Evangelio:

Cristo está en medio de nosotros.

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