Domingo 18 de Enero de 2026
El escenario en el que nos movemos como discípulos de Jesús, dista mucho de la utopía del Reinado del Padre que movilizó y apasionó la existencia del Maestro: las guerras, las injusticias, los totalitarismos y fascismos que parecen resucitar de entre la polvareda de un pasado ignoto y seguramente olvidado a conveniencia… La materialización de las profecías de Francisco que en su pontificado advirtió, como ningún otro, el creciente y latente espíritu de indiferencia y conformismo, que amedrenta todo brote de idilio o sueño, que propone otras maneras y modos más humanos y fraternos…
A la par, las persecuciones que no cesan ni dan tregua a la vida, persecuciones que no están lejos de los circulos más internos de la misma Iglesia -da la impresión de que hablar hoy de sinodalidad no es más que el efecto de una llaga purulenta que es necesario cauterizar-; con todo esto y más, nos ataca una pregunta: ¿De qué aferrarnos entonces, si al parecer este alud desproporcionado de individualismos y auto-busquedas no ha hecho sino solaparnos y atontarnos de frente a la Vida?…
Pues la Palabra que sale a nuestro encuentro en este segundo domingo del tiempo común, resulta un oasis de esperanza revivificadora y salvífica, ante los dramas a los que asistimos y que nos envuelven como a todo ser humano, respondiendo a la cuestión que nos apremia … Juan, el hombre más grande nacido de mujer, nos da la pista para lanzarnos sin temor a la construcción del Reino; su testimonio abraza una certeza: <<Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo:
“Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo”.
Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios»…
Juan reconoce a Jesús como Hijo de Dios, como portador de la Vida nueva, como el cordero que arranca del corazón todo vestigio de pecado, mutación del egoísmo y del Yo Supremo… Pero aquí está el misterio, no será una transmutación mágica, ni mucho menos a-histórica… Dependerá en gran medida de la Asunción y aceptación vital del mensaje humanizador del Señor, que hace ver a los ciegos, oír a los sordos, que limpia leprosos y resucita a los muertos…
Dar testimonio por lo tanto no es otra cosa que radicalizar la opción fundamental, no tanto por una doctrina, o una institución, como por una relación de tú a Tú con aquel que reconocemos como el verdadero Dios y el verdadero Hombre… No se trata de la defensa acérrima de conceptos ni claros ni distintos, sino de la defensa de la Vida de todo ser humano y creatura que habita la casa común… Dar testimonio a la manera del Señor, a la manera de Juan, a la manera de los primeros discípulos y de tantas y tantos que se han decidido por la defensa radical de lo que Dios ha creado, es el mejor signo de que la Vida está por empezar… : “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”… No hay otro camino, sino el del discípulo y testigo… Así haremos frente al desasosiego y engendraremos el Reinado de Dios…
P. Juan Sebastián Bustamante Caicedo. CM

