Reflexión VI Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 15 de Febrero de 2026
Mateo 5, 20-22. 27-28. 33-37
Los dos domingos anteriores la Palabra se ha referido a la pobreza como actitud fundamental frente a Dios («dichosos los pobres de espíritu») y como forma de vida (desprendimiento) en relación con el prójimo («parte tu pan con el hambriento»). En ambos casos la pobreza refleja la sabiduría de una persona, la cual se expresa en la humildad frente a Dios y en la generosidad con el otro.
No hay nada que mida tanto la sabiduría de una persona como la forma en que usa sus bienes, pero también la sabiduría se mide en su humildad frente a Dios y en la manera de relacionarse con los demás. La palabra clave de este sexto domingo del tiempo ordinario es precisamente «sabiduría». Es una prolongación de los dos domingos anteriores…
La lectura del Eclesiástico cap. 15 comienza con una invitación a ejercer la libertad, aún en el cumplimiento de los mandamientos. ¡Si que hay sabiduría en un ejercicio responsable de la libertad! Hay que escoger entre agua y fuego, entre vida y muerte, y entre ser piadoso o pecar. Discernir y escoger bien supone mucha sabiduría…
El Salmo 118, el más largo del salterio, resume esa sabiduría de la que estamos hablando, en el caminar en la voluntad del Señor, en guardar sus preceptos y en buscarlo incansablemente. No siempre hay sabiduría en la erudición o en el tener muchos conocimientos, en cambio hay más en
buscar a Dios, tener disciplina espiritual y en cumplir el deber.
También hay sabiduría en abrir los ojos para comprender los signos de los tiempos y en contemplar las maravillas de la ley de Dios, es decir, en meditar y profundizar en la Palabra, con la ayuda del Espíritu Santo, «Padre amoroso del pobre».
La reflexión avanza en las palabras del apóstol Pablo a los Corintios, hablándonos de una sabiduría que trasciende este mundo, pues es «divina, misteriosa, escondida y predestinada por Dios». En virtud de estos cuatro atributos, la sabiduría es ante todo un don de Dios que hay que implorar, pero ella es asequible, alcanzable, no obstante su sublimidad, porque Dios la revela a los sencillos…
El extenso evangelio de veinte versículos de San Mateo en su quinto capítulo, declara la autoridad de Jesús frente a lo que se enseñó antes de Él: «pero yo os digo». Jesús no quiere abolir nada, tal como lo dijo el Salmo 18 que ya referimos: «seguiré puntualmente el camino de tus decretos», «incluso hasta la última letra o tilde la ley».
Él dice hay que enseñar la ley en su totalidad, que hay que ser mejores que los escribas y fariseos, expertos en la ley; que hay que ser sabios en refrenar la ira, evitando expresiones ofensivas. Las palabras son a veces como armas de guerra que hay que usar con moderación para evitar destruir. ¡Si que hay sabiduría en el uso de la palabra, pero más en la moderación de la lengua!
El discurso de Jesús también se refiere a la liturgia: «si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda». La sabiduría es un equilibrio entre la relación del creyente con Dios y con su prójimo. Se requiere coherencia, mucha humildad y también paciencia y vigilancia.
Jesús también nos invita a ponernos en paz con el adversario, «mientras caminas con él»; a no cometer adulterio, frenando la pasión y el instinto, y estando muy atento y vigilante con los pensamientos, la mirada y la imaginación. ¡Hay mucha sabiduría en el control y dominio de uno mismo!
Finalmente la sabiduría que expone Jesús en su largo discurso, también implica ante todo el respeto a Dios, no jurando en falso (segundo mandamiento), cumpliendo los votos que libremente se hagan a Dios y exponiendo la verdad con sencillez, de modo que nuestro hablar «sea sí, sí, no, no». El exceso procede del Maligno. A propósito decía San Vicente: «la sencillez es mi evangelio».
Pidamos en esta liturgia el don de la sabiduría, busquémosla todos los días, revisémonos continuamente, dejémonos corregir, amemos la humildad, seamos pacientes y vigilantes, pidamos perdón, midamos las palabras, controlemos la lengua y respetemos y amemos a Dios, a ejemplo de Cristo.
P. José Orlando Escobar Ruíz, CM
