Reflexión V Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 08 de Febrero
Mateo 5, 13-16
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este domingo nos regala dos imágenes sencillas, pero profundamente transformadoras: la sal y la luz. Son realidades cotidianas, al alcance de todos, y justamente por eso Jesús las utiliza para hablarnos de nuestra misión como creyentes en medio del mundo.
En la primera lectura, el profeta Isaías nos recuerda cuál es el ayuno que agrada a Dios:
compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, vestir al desnudo, no desentendernos del hermano. No se trata solo de prácticas religiosas externas, sino de una fe que se hace gesto concreto de amor y justicia. Y entonces Isaías hace una promesa maravillosa: “Entonces brillará tu luz como la aurora”.
La luz aparece cuando el creyente se compromete con el dolor del otro.
En el Evangelio, Jesús retoma esta misma idea y nos dice con claridad: “Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”.
No dice “deberían ser” o “traten de ser”, sino “son”. Es decir, por el hecho de seguirlo, ya tenemos una responsabilidad y una misión.
La sal no sirve si se queda guardada en el salero. Está hecha para mezclarse, para desaparecer incluso, pero dando sabor y preservando. Así también el cristiano: estamos llamados a dar sabor a la vida, a evitar que el mundo se corrompa por el egoísmo, la indiferencia o la violencia. Cuando la fe se vuelve solo costumbre, rutina o palabras vacías, corre el riesgo de volverse insípida. Pero cuando se vive con coherencia, transforma silenciosamente todo lo que toca.
La luz, por su parte, no hace ruido, pero ilumina. No se impone, no obliga, simplemente alumbra el camino. Jesús nos invita a no esconder esa luz, a no vivir una fe apagada o encerrada en lo privado. Nuestra manera de amar, de perdonar, de servir, de actuar con honestidad y compasión puede convertirse en una luz para otros, especialmente para quienes caminan en la oscuridad del desánimo, del sufrimiento o de la falta de sentido.
Y Jesús es muy claro: “Que brille su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre”. No se trata de lucirnos nosotros, sino de hacer visible a Dios a través de nuestra vida.
Hoy el Señor nos invita a preguntarnos como comunidad creyente: ¿Estamos siendo sal que da sabor y esperanza?
¿Nuestra fe ilumina realmente nuestro entorno: la familia, el trabajo, el barrio, la parroquia?
Pidamos al Señor la gracia de una fe encarnada, comprometida, visible en las obras. Que no nos conformemos con creer de palabra, sino que dejemos que Dios nos convierta en sal que transforma y luz que guía.
Que María, la mujer llena de luz porque supo entregarse totalmente a Dios, nos acompañe en este camino de fidelidad y testimonio. Amén.
P. Isaías Rolón Bautista, CM.
