Reflexión IV Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 01 de Febrero de 2026
Siguiendo con la lectura del Evangelio según san Mateo, Evangelio que acompaña e ilumina este ciclo litúrgico, permitamos que, a la luz del Espíritu Santo, autor de las Sagradas Escrituras, podamos leer el Texto Sagrado y a su vez permitir que él lea nuestra vida, interpele nuestra realidad y se convierta en nosotros en una “exégesis viva” del Evangelio, como así lo solía decir el Papa Benedicto XVI.
En este IV domingo, el Evangelio tiene una característica importante, se trata del inicio del “sermón de la montaña” que, comienza en el capítulo cinco y se extiende hasta el capítulo siete, la liturgia nos propone reflexionar para este domingo sólo la primera parte de todo un sermón que hace Jesús en este Evangelio.
Existe una palabra dentro del texto que se repite constantemente y esto hace que tome importancia para el desarrollo de nuestra reflexión, es la palabra “bienaventurados”, que hace referencia a aquellos que están alegres o felices. A simple vista parece ser una invitación contradictoria por parte de Jesús, teniendo en cuenta que la invitación de “ser felices” la hace acompañada de algunas expresiones sobre situaciones que producen sentimientos opuestos a los de la felicidad. Por ejemplo:
“Bienaventurados ustedes cuando los insulten, los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa…” (Mt 5,11).
Es por eso, que, es importante tomar conciencia de cada palabra que aparece en este Evangelio e incluso sentirnos representados en la multitud que junto a los discípulos subieron al monte y se acercaron a escuchar a Jesús, posiblemente la misma multitud que ya había escuchado la invitación a la conversión, cuando en el Evangelio del domingo pasado se nos decía:
“Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos” (Mt 4,17).
A partir de la invitación a vivir la conversión, Jesús, tomando la postura de Maestro, representada en la expresión corporal de “sentarse” como bien lo hacen los rabinos, le enseñaba a la multitud en dónde está la plenitud de la felicidad. Aunque parece paradójica la felicidad que se nos propone, las bienaventuranzas se convierten en el camino trazado por Jesús para participar del Reino de Dios. Un Reino que es también de “los pobres de espíritu”, es decir, de aquellos que han puesto su confianza en el Señor, es allí el primer lugar en donde reina Dios y de hecho es la primera bienaventuranza que aparece en el texto.
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mt 5,3).
Esta es posiblemente la clave del Evangelio, entender que la plenitud de la felicidad no se encuentra en las riquezas materiales ni en las circunstancias externas de la vida, Jesús no nos está hablando de una alegría superficial, Jesús nos enseña que somos bienaventurados en la medida en que nos relacionamos con Dios, en la medida en que nosotros permitamos que Dios con su gracia transforme y vivifique nuestro espíritu. Así entenderemos la contradicción de las palabras de Jesús, cuando declara que son “bienaventurados” a quienes el mundo considera desafortunados, presentándose, además, como aquel, en quien se encuentra la plenitud de la felicidad, mediante la promesa futura que a su vez se hace promesa presente mediante su Palabra.
Que en este IV domingo del tiempo ordinario, podamos subir a la montaña, es decir, ir al lugar del encuentro con Dios, escuchar la voz del Maestro y, a la luz del Espíritu Santo aspiremos a vivir conforme a los valores del Reino, conforme a los criterios de Jesús, sólo así reconoceremos que la bienaventuranza de la cual se nos habla en el Evangelio no es más que la felicidad de sabernos amados por Dios, partícipes de la construcción de su Reino y capaces de trascender el dolor y las dificultades de esta vida.
Jhan Harvy Rivera Córdoba, C.M.
