Reflexión III Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 25 de Enero de 2026
En este tercer domingo del Tiempo Ordinario, que la Iglesia celebra como Domingo de la Palabra de Dios, comenzamos además a recorrer, domingo tras domingo, el evangelio según san Mateo, que será nuestro compañero de camino durante este año litúrgico. No es un simple cambio de ciclo: es una invitación a dejarnos guiar de nuevo por la Palabra viva, que ilumina, convierte y envía. En estos días, además, nuestra escucha se vuelve acción de gracias, pues el 25 de enero celebramos 401 años de la fundación de la Congregación de la Misión, nacida precisamente como respuesta concreta a la fuerza transformadora del Evangelio.
La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos sitúa en un contexto de oscuridad. Galilea es presentada como un territorio herido, conquistado, mezclado con pueblos paganos, una región considerada marginal y poco pura. Sin embargo, justamente allí, en esa “Galilea de los gentiles”, el profeta anuncia una esperanza inesperada: el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una luz grande. Donde había tristeza, habrá alegría; donde había opresión, liberación. No es un anuncio abstracto: es una promesa concreta de Dios para un pueblo cansado, desalentado y sin horizonte.
El salmo responsorial recoge esa misma experiencia: “El Señor es mi luz y mi salvación”. La Palabra de Dios no solo informa o instruye, sino que sostiene la vida, devuelve la esperanza y pone en marcha a quien la acoge. Por eso no es casual que este domingo esté dedicado a redescubrir el lugar central de la Palabra en la Iglesia y en la vida personal de cada creyente.
San Pablo, en la carta a los Corintios, baja esta luz al terreno concreto de la comunidad. Nos advierte con claridad del escándalo de la división: no podemos vivir fragmentados, etiquetándonos, diciendo “yo soy de este” o “yo soy de aquel”. La Iglesia no es propiedad de nadie. Todos somos de Cristo, y solo Cristo ha dado su vida por nosotros. La Palabra, cuando es acogida de verdad, no divide: convoca, reconcilia y construye comunión, como lo entendió profundamente san Vicente cuando insistía en que la misión exige corazones unidos y no intereses propios.
El evangelio de Mateo nos muestra el cumplimiento pleno de las promesas de Isaías.
Jesús inicia su ministerio no en el centro religioso de su tiempo, Jerusalén, sino en Galilea, una región periférica, fronteriza, atravesada por la mezcla de pueblos, culturas y pobrezas. Este dato no es secundario ni meramente geográfico: es profundamente teológico. Dios elige comenzar su obra no desde el poder, no desde el prestigio, sino desde la periferia. Desde allí proclama la primera gran llamada: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca”. La Palabra se hace voz que interpela y pide un cambio de mentalidad, un giro en la manera de vivir y de mirar la realidad.
Jesús no se limita a hablar: recorre, enseña, cura, libera. La Palabra se hace gesto, cercanía, servicio concreto. Y, desde el comienzo, busca colaboradores. Llama a hombres sencillos, pescadores, trabajadores del día a día, que dejan las redes y lo siguen con prontitud. Así nace la comunidad de los discípulos: no por méritos propios, sino por la fuerza de una Palabra que llama, envía y transforma.
Desde una lectura profundamente vicentina, este inicio del ministerio de Jesús en la periferia adquiere un significado especial. San Vicente de Paúl descubrió, hace 401 años, que el Evangelio no podía quedarse en los salones ni en los discursos bien elaborados, sino que debía ser anunciado y encarnado entre los pobres, en las aldeas, en los campos, en las periferias humanas y espirituales de su tiempo. Allí comprendió que los pobres son los primeros destinatarios de la Buena Noticia y, al mismo tiempo, nuestros maestros.
Celebrar hoy el aniversario de la Congregación de la Misión es recordar que el mismo Cristo que comenzó en Galilea sigue enviando a su Iglesia a las fronteras. La misión no es una estrategia, es una fidelidad al modo de actuar de Jesús. Predicar la Palabra y servir a los pobres no son dos tareas distintas, sino una única forma concreta de anunciar el Reino con palabras y con obras.
Hoy, como Iglesia y como familia vicentina, estamos llamados a renovar ese impulso misionero. Escuchar la Palabra, dejarnos iluminar por ella y salir sin miedo hacia las periferias de nuestro tiempo: allí donde hay pobreza material y espiritual, donde hay divisiones, donde muchos viven en tinieblas y buscan sentido. El mismo Jesús que dijo “Yo soy la luz del mundo”, nos dice también a nosotros: “Ustedes son la luz del mundo”.
Que este Domingo de la Palabra de Dios, iluminado por el testimonio de san Vicente de Paúl y por los 401 años de misión, renueve en nosotros el amor por la Escritura, fortalezca nuestra comunión y nos impulse a seguir anunciando, desde las periferias, la luz, la alegría y la liberación que solo Cristo puede dar.
P. Jhonathan Armando Calle CM
